Los “aliados”

Antes que nada, diré que conozco a montones de hombres maravillosos que forman parte del movimiento feminista, que lo integran en su vida y en sus trabajos, y que han interiorizado las causas feministas como propias no solo porque el sistema patriarcal también los oprime y les perjudica a ellos, sino porque quieren ayudar a las mujeres a alcanzar la igualdad.

Sin embargo, es conveniente acordarse de que hay una serie de capullos (y no son dos, ni tres) que se apuntan al carro porque creen que así podrán ligar más o porque les conviene (o les hincha el ego) pasar por “progres” en algunos momentos. Sueño con que esta aclaración sea suficiente para que, precisamente la clase de hombres de los que voy a hablar no se sienta aludida y me llenen los comentarios con “notallmens”.

He aquí una serie de “pistas” que os pueden ayudar a desenmascarar a estos falsos aliados antes de que os toquen mucho la moral u os lleguen a hacer daño que he visto a menudo en ex-amigos, ex-parejas, ex-ligues, y ex-todo lo anterior de mujeres a mi alrededor:

– Se llama a sí mismo feminista y habla (continuamente, además) del feminismo como si fuera su única razón para levantarse cada mañana, pero cuando estáis con más gente o en otros contextos, ni lo nombra.
– No pierde oportunidad (en persona, redes sociales, etc.) de enumerar todas las cosas que él hace bien con las mujeres (que se resumen en resumidas en “tratarlas como personas” -a veces-), especialmente cuando una chica que se queja del comportamiento de un garrulo y ven una oportunidad de compararse o destacar sus méritos.
– Para él, los pilares del feminismo son “que las mujeres se vistan como les dé la gana” (traducido: más escotes y minifaldas) y la “liberación sexual” (para que te acuestes con él).
– O, te dice que las minifaldas/el maquillaje/los escotes te oprimen y no es partidario de que lleves ninguna de estas cosas en público, pero después, en ocasiones “especiales” (siempre con él, puede que a solas), te pide que te las pongas porque “le parecen bonitas a veces” o “le hacen gracia de vez en cuando”.
– No quiere usar condones porque “así se siente más/le aprietan/otra excusa” para algunas prácticas, pero se haría responsable de las consecuencias (embarazos, ETS, etc.) contigo hasta el final (¡Ja!).
– Te dice que cree en la igualdad y está de acuerdo contigo en tu lucha, pero prefiere que no uses la palabra “feminista” porque le parece “muy fuerte” o “negativa”.
– Se rodea solo de mujeres jóvenes. Cuando te describe a las que no conoces, el adjetivo “guapa” (o sinónimos) siempre está en la lista. Solo tiene malas palabras para hablar de los hombres con los que ellas se relacionan o se han relacionado en el pasado.
– A las mujeres de su familia las mide en base a estándares patriarcales: le parece positivo que no se “rompan parejas” tras maltratos o infidelidades, destaca cualidades de madre o ama de casa por encima de otras, no concibe que esas mujeres también tengan deseo sexual, etc.
– Cree que prácticas como el sadomasoquismo son “liberadoras” y se deben probar obligatoriamente. Cree que el intercambio de parejas es la piedra angular de la lucha contra el patriarcado. Si eres su pareja y no te interesan, trata de empujarte a ellas esgrimiendo tu lucha feminista (y la “apertura de miras/mente”) como argumento.
– Habla del morbo que le producen las lesbianas.
– Si eres su amiga, trata de que le cuentes todas tus experiencias sexuales e intenta saber si te acuestas o no con alguien ahora. Se entromete en tus relaciones, sobre todo si cree que la persona con la que estás “no te conviene” o “podrías hacerlo mejor” (suponemos que con él, claro).
– Cree que las mujeres aún no ostentan tantos cargos de responsabilidad no porque existan los techos de cristal, sino porque, en su opinión, antes no podían acceder a la educación o no tenían suficiente experiencia y la igualdad tiene que llegar poco a poco.
– Los temas como la menstruación, la depilación (o no), el aborto, etc. le incomodan y no le parece necesario “hablarlos en público”.
– Usa adjetivos como “guarrilla”, “ligerita de cascos” o “facilona”, aunque acalara siempre que es una broma o que él puede decir usar estas palabras porque en el fondo no cree en la narrativa que tienen detrás.
– Te da su opinión sobre los temas que le parece bien abordar desde el feminismo y los que le resultan exagerados, fuera de lugar o poco efectivos y trata de convencerte. Te explica cuál es el tono correcto de las protestas o los medios y dónde están los límites. Su feminista ideal es Emma Watson (sobre todo en las fotos en las que va ligerita de ropa) y las demás son feminazis horribles.
– No le interesan ni la política, ni otras causas sociales, ni colectivos de ninguna naturaleza.
– Nunca va a protestas, marchas o charlas mixtas. Dice que está ocupado, que tiene resaca o que la revolución tenemos que hacerla nosotras (aunque, por todo lo anterior se ve que él tiene claro lo que se debe hacer).
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Un “nuevo” mundo

Clase universitaria sobre mediación en conflictos armados. El profesor, que ha tomado parte en varias, explica sus experiencias. Ahora habla de los años 90 en Los Balcanes y de cómo se idearon estrategias para crear la paz en los países de la antigua Yugoslavia tras sanguinarios enfrentamientos entre militares, milicianos y otra población civil.

El fútbol era un tema prohibido ya que, como el enemigo y la guerra (los otros dos temas tabú), crea ambientes my tensos y puede llevar a la violencia. ¿De qué hablar entonces en un ambiente 100% masculino y marcado específicamente por el conflicto? Se escogieron temas que resultaran “agradables” y que traspasaran fronteras, como la comida o… las mujeres.

Cuando el ponente explica este punto, aún no salto de mi silla, pensando que, ya que los hombres salieron a luchar y muchos de sus hijos varones fueron asesinados, quizá se les pidiera que hablaran de sus hogares y los miembros (por tanto mujeres) que habían sobrevivido en ellos. La mayoría de las personas tienen un vínculo fuerte con sus madres, hermanas, tías, hijas, esposas, primas… y en general, los sentimientos hacia ellas: planes para un futuro mejor que el propio, amor, empatía, etc. pueden ser similares.

Pero en la clase se va un paso más allá. Se nos explica que lo que se quería era crear camaradería entre los hombres. No venían a hablar de lo mucho que querían o se apoyaban en sus parejas o madres, o lo orgullosos que estaban de sus hijas, sino de, como dijo literalmente un asistente, que presumía precisamente de haber trabajado en temas de género: “vaya tetas que tiene aquella” o “sí, a esa otra también me la he tirado yo”. El profesor, aunque no responde verbalmente, sonríe y asiente en silencio.

Yo me quejo diciendo que no me parece bien que ese proceso de pacificación y normalización se haga basando el bienestar y divertimento de los hombres en la cosificación de las mujeres y planteo que, aunque pueda ayudar a calmar los ánimos entre los hombres, puede dar lugar a la larga a mayores tasas de violencia de género, agresiones sexuales etc. que habían sido precisamente grandes problemas durante el desarrollo del conflicto con trístemente famosas violaciones en grupo y vejaciones reiteradas de las mujeres de ambos bandos pero, especialmente, de las mujeres bosnias.

El profesor no necesita entonces defender sus argumentos. Los oyentes, hombres y mujeres, defienden que hay que tener miras más anchas que las mías y establecer prioridades: antes que la igualdad de género se debe pensar en la paz. Dicen que no se puede asegurar que hacer comentarios al respecto de los cuerpos de las mujeres y compartir datos de su intimidad y sexualidad para crear camaradería no tienen por qué tener consecuencias negativas duraderas.

Me entristezco y me pregunto qué clase de “paces” vamos a construír. Creo que la paz es importante pero si no se basa precisamente en criterios de igualdad de género y valores de justicia para todas y todos, el “nuevo mundo” que obtengamos como resultado seguirá siendo injusto para el 50% de sus habitantes y en él volverá a verse como natural que la humillación de las mujeres sea un “daño colateral” para el bien común… de los hombres.

Todo tiene un inicio

El ser humano es, por naturaleza, social. Nos gusta disfrutar de la presencia de las otras personas, crear nuevos lazos y compartir aficiones. Además, a medida que se avanza en la vida, las amistades que vamos forjando se van ciñendo a un esquema cada vez más concreto: lo que hemos comprobado que nos es más útil, grato, etc.
Desde hace algunos años, vivo rodeada, tanto dentro de mi familia como en el mundo exterior, de mujeres y hombres estupendos que, se consideran feministas o que, aún sin usar esta palabra (que se ha conseguido mancillar con calumnias desde los medios y la política hasta conseguir que algunas y algunos les de miedo o les provoque rechazó la etiqueta), asumen que el mundo siempre ha sido y sigue siendo un lugar más injusto para mujeres que hombres y que a menudo hemos sido excluídas, invisibilizadas, menospreciadas y maltratadas desde muchos frentes y en infinitos campos. He tenido la suerte de haber evolucionado de manera muy similar a la mayoría de mis amigas que se han convertido no solo en mujeres maravillosas con las que compartir buenos ratos, sino en aliadas con las que intercambiar experiencias y sabiduría y con las que luchar codo a codo contra esa desigualdad que nos daña e incluso nos mata.
Sin embargo, y aunque en los círculos que frecuento (movida, de nuevo, por afinidad), la mayoría de las personas se mueven, en mayor o menos medida, de acuerdo a estos ideales, en contextos más variados, como el trabajo, la universidad, los espacios públicos, etc. mi burbuja de realidad, en la que todas y todos estamos concienciados al respecto del feminismo, revienta y me doy cuenta de que en todas las clases sociales, sesgos políticos y niveles educacionales nos queda mucho por hacer.
Puede que algunas personas consideren innecesario que se abra otro blog sobre feminismo. Pero me da igual. Mi visión y mis vivencias personales puede ayudar a otras mujeres a no sentirse solas en aspectos en los que nadie les presta atención o con problemas e injusticias que soportan pero conciben como poco importantes o individuales, ya que, hasta que empecé a leer a otras bloggeras y académicas feministas, yo tampoco sabía no era la única que tenía sentimientos encontrados respecto a mi cuerpo, a ciertas experiencias sexuales, a personas y comportamientos dañinos. Leer a otras mujeres me ha dado confianza en mí misma y me ha hecho sentir comprendida. Además, nunca está de más concienciar e incidir sobre la desigualdad que sufrimos las mujeres y cómo la vivimos o lidiamos con ella.